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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA

Sala Clementina
Lunes 4 de mayo de 2015

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Querido comandante,
reverendo capellán,
queridos Guardias,
queridos padres y parientes:

Con ocasión de vuestro juramento me complace encontraros, a vosotros Guardias y a vuestros familiares, para acrecentar una amistad que es significativa, porque desempeñáis vuestro servicio muy cerca de mí.

Es una amistad particular, porque se basa en el amor de Cristo: ese amor «más grande» que Él vivió y que dio a sus discípulos: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

En la historia de la Iglesia, muchos hombres y mujeres hicieron suya la llamada de este gran amor. Los Guardias Suizos que combatieron durante el saqueo de Roma y que dieron su vida por la defensa del Papa siguieron esta llamada. Y responder con decisión a esta llamada significa seguir a Cristo.

En los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, que de joven fue un soldado, habla de la «llamada del Rey», o sea Cristo, que quiere edificar su reino y elige a sus colaboradores. El Señor quiere construir su reino con la colaboración de los hombres. Necesita personas decididas y valientes. Así, según san Ignacio, Cristo rey pide a quien quiere ir con Él que se contente con la misma comida, la misma bebida y los mismos hábitos suyos. Le pide que esté dispuesto a trabajar durante el día y a estar despierto de noche, porque así participará en la victoria (cf. ES, 91 ss).

Al mismo tiempo, Ignacio compara el mundo con dos campos militares, uno con el estandarte de Cristo y el otro con el estandarte de Satanás. Sólo existen estos dos campos. Para el cristiano la opción es clara: él sigue el estandarte de Cristo (cf. ibíd., 136 ss).

Cristo es el verdadero Rey. Él mismo va adelante, y sus amigos lo siguen. Un soldado de Cristo participa en la vida de su Señor. Esta es también la llamada que os corresponde a vosotros: asumir las preocupaciones de Cristo, ser su compañero. Así, vosotros aprendéis día tras día a «sentir» con Cristo y con la Iglesia. Un Guardia Suizo es una persona que busca verdaderamente seguir al Señor Jesús y ama de modo especial a la Iglesia, es un cristiano con una fe genuina.

Todo esto, queridos jóvenes, también vosotros, como todo cristiano, podéis vivirlo gracias a los sacramentos de la Iglesia: con la participación asidua en la Misa y la Confesión frecuente. Podéis vivirlo leyendo diariamente el Evangelio. Lo que digo a todos, os lo digo también a vosotros: tened siempre al alcance de la mano un pequeño Evangelio, para leerlo apenas tengáis un momento tranquilo. Os ayuda también vuestra oración personal, especialmente el rosario, durante las «guardias de honor». Y os ayuda el servicio a los más pobres, a los enfermos, a los que tienen necesidad de una buena palabra...

Y, así, cuando encontráis a la gente, los peregrinos, transmitís con vuestra amabilidad y competencia ese «amor más grande» que viene de la amistad con Cristo. En efecto, vosotros Guardias Suizos sois «imagen» de la Santa Sede. Os agradezco y os aliento por esto.

Sé que vuestro servicio es comprometedor. Cuando hay tareas suplementarias, podemos contar siempre con la Guardia Suiza. Lo sé. Os doy las gracias con afecto y expreso mi gran aprecio por todo lo que hacéis por la Iglesia y por mí como Sucesor de Pedro. Sobre todo agradezco vuestras oraciones. ¡No os olvidéis! También yo rezo por vosotros y por vuestros seres queridos, y os confío a la intercesión de vuestros patronos san Martín, san Sebastián y san Nicolás de Flüe. De corazón os bendigo a todos.

 



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