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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON MOTIVO DE LA XXIV SOLEMNE SESIÓN PÚBLICA
DE LAS ACADEMIAS PONTIFICIAS

 

Al Venerable Hermano Cardenal Gianfranco Ravasi
Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura
y del Consejo de Coordinación de las Academias Pontificias

Me dirijo a Usted con ocasión de la XXIV sesión pública solemne de las Academias Pontificias, circunstancia que caracteriza, gracias a la reforma deseada por San Juan Pablo II en 1995, el camino de las siete Academias reunidas en el Consejo de Coordinación, que Usted preside, y que encuentra en la entrega del Premio un momento no secundario de su compromiso al servicio de la teología, de la cultura y de la vida pastoral de la Iglesia. Saludo cordialmente a los cardenales, obispos, embajadores, miembros de las Academias y a todos los amigos presentes.

La Academia es un lugar donde el saber se vuelve servicio, porque sin el saber nacido de la colaboración y que se traduce en la cooperación no hay desarrollo humano genuino e integral. La Academia es, en el campo que es propio de ella, una experiencia y un modelo de sinodalidad. Es también una fuerza de evangelización, que pertenece al presente de la Iglesia y de su misión (cf. Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 83). Y el premio que tengo el placer de otorgar hoy es una invitación a celebrar el vínculo siempre fecundo entre Evangelio y cultura.

Esta XXIV edición ha sido organizada por la Pontificia Academia Mariana Internationalis, que este año celebra el 60º aniversario de su institución, por San Juan XXIII, el 8 de diciembre de 1959. Me alegro con el Reverendo P. Stefano Cecchin y los respectivos Académicos por su compromiso en la promoción de la ciencia mariológica y en el fomento de la auténtica piedad mariana. Esta Academia se caracteriza así por ser un lugar similar a la “Casa de María”, donde Jesús creció en «edad, sabiduría y gracia» (Lc 2,46), y donde la Virgen, como madre acogedora y esposa atenta, enseña a ser un “cenáculo” vivo.

El tema elegido para esta sesión pública, «María, camino de paz entre las culturas», resume idealmente el camino de estos sesenta años. La dramática experiencia de las dos guerras mundiales llevó a Pío XII a mostrar, en el signo de la Asunción, un faro de paz para la humanidad inquieta y atemorizada. El Concilio Vaticano II , además, ha indicado en la Madre del Señor el modelo de una Iglesia “maestra en humanidad”, para que sirva a las aspiraciones más profundas del corazón humano.

En San Pablo VI el vínculo entre la Santísima Virgen y el pueblo creyente resuena alto, claro, consciente y apasionado. Así escribía en Marialis cultus: «Al hombre contemporáneo, frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación y asaltado por aspiraciones sin confín, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende hacia la comunión, presa de sentimientos de náusea y hastío, la Virgen, contemplada en su vicisitud evangélica y en la realidad ya conseguida en la Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte» (57).

San Juan Pablo II hizo que la Madre del Redentor se convirtiera en motivo e inspiración de un encuentro renovado y de una fraternidad redescubierta como vías de acceso para la Iglesia y el mundo en el nuevo milenio. Por eso, quiso que la mariología tuviera el papel que le esperaba en la formación teológica universitaria y en el diálogo entre los saberes. También manifestó el deseo de que la mariología entrara en las cuestiones cruciales de nuestro tiempo.

Finalmente, Benedicto XVI exhortó a los estudiosos a profundizar más en su comprensión de la relación entre la mariología y la teología de la Palabra. «De esto ― dijo― se beneficiarán tanto la vida espiritual como los estudios teológicos y bíblicos. Efectivamente, todo lo que la inteligencia de la fe ha tratado con relación a María se encuentra en el centro más íntimo de la verdad cristiana. (Exh. ap. post-sin. Verbum Domini, 27).

La Pontificia Academia Mariana Internationalis ha acompañado al Magisterio universal de la Iglesia con la investigación y la coordinación de los estudios mariológicos, con los Congresos Internacionales Mariológico-Marianos, el vigésimo quinto de los cuales se celebrará el próximo año, colaborando con los diversos centros de estudios eclesiásticos y laicales y, finalmente, mediante la cooperación con diversas instituciones académicas. Estos compromisos son un claro testimonio de que la mariología es una presencia necesaria de diálogo entre culturas, capaz de alimentar la fraternidad y la paz.

Deseando, por tanto, promover y fomentar la investigación teológica, y en particular la destinada a profundizar en los temas mariológicos, me complace otorgar el Premio de las Academias Pontificias, ex aequo, a la Dra. Carme López Calderón, por la obra Grabados de Augsburgo para un ciclo emblemático portugués. Los azulejos de la iglesia del convento de Jesús de Setúbal, y al Reverendo Dr. Ionuț-Cătălin Blidar, por el estudio titulado L’umanità immacolata di Maria – icona del logos di Dio, compimento della stirpe eletta e frutto dell’albero della croce. Un approccio ecumenico alla mariologia immacolatista greco-latina (sec. II-XIV). Además, me complace entregar la Medalla del Pontificado al Instituto Mariano Croata.

Encomiendo a cada uno de vosotros a la Virgen María, Madre de la Ternura, para que acompañe vuestro camino personal y académico. De todo corazón os imparto a todos así como a vuestras familias y comunidades una especial bendición apostólica.

Vaticano, 4 de diciembre de 2019

Francisco

 


Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 4 de diciembre de 2019.

 



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