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LA MISA MATUTINA TRANSMITIDA EN DIRECTO
DESDE LA CAPILLA DE LA CASA SANTA MARTA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

«Con el “corazón desnudo”»

Sábado, 21 de marzo de 2020

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Introducción a la Misa

Hoy me gustaría recordar a las familias que no pueden salir de la casa. Tal vez el único horizonte que tienen es el balcón. Y ahí dentro, la familia, con los niños, los chicos, los padres... Para que puedan encontrar una forma de comunicarse bien entre ellos, para construir relaciones de amor en la familia, y para superar la angustia de este tiempo juntos, en familia. Rezamos por la paz de las familias hoy, en esta crisis, y por la creatividad.

Homilía

Esa Palabra del Señor que escuchamos ayer: “Vuelve, vuelve a casa” (cf. Os 14,2); en el mismo libro del profeta Oseas encontramos también la respuesta: «Vengan, volvamos al Señor» (Os 6, 1). Es la respuesta cuando ese “vuelve a casa” toca el corazón: «Volvamos al Señor: Él nos ha desgarrado y nos curará. Nos ha golpeado y nos vendará. [...] Apresurémonos a conocer al Señor, su venida es tan segura como el amanecer» (Os 6,1.3). La confianza en el Señor es segura: «Vendrá a nosotros como la lluvia del otoño, como la lluvia de la primavera que fecunda la tierra» (v. 3). Y con esta esperanza el pueblo comienza el viaje de regreso al Señor. Y una de las maneras, de las formas de encontrar al Señor es la oración. Oremos al Señor, volvamos a Él.

En el Evangelio (cf. Lc 18,9-14) Jesús nos enseña cómo orar. Hay dos hombres, uno presuntuoso que va a rezar, pero para decir que es bueno, como si le dijera a Dios: “Mira, soy muy bueno: si necesitas algo, dímelo, yo resolveré tu problema”. Así se dirige a Dios. Presunción. Tal vez hacía todo lo que decía la Ley, lo dice: «Ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos por todo lo que tengo» (v. 12)…  “Soy bueno”. Esto nos recuerda a otros dos hombres. Nos recuerda al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, cuando le dice a su padre: “Yo, que soy tan bueno, no tengo fiesta, y a éste, que es un desgraciado, le haces una fiesta...”. Presuntuoso (cf. Lc 15,29-30). El otro, cuya historia hemos escuchado en estos días, es aquel hombre rico, un hombre sin nombre, pero rico, incapaz de tener un nombre, pero era rico, no le importaba la miseria de los demás (cf. Lc 16,19-21). Son estos los que tienen seguridad en sí mismos o en el dinero o el poder…

Luego está el otro, el publicano, que no se pone delante del altar, no, se queda lejos. «Deteniéndose a distancia, ni siquiera se atrevió a levantar los ojos al cielo, pero se golpeó el pecho diciendo: “Oh Dios, ten piedad de este pecador”» (Lc 18,13). También esto nos lleva al recuerdo del hijo pródigo: se dio cuenta de los pecados que había cometido, de las cosas malas que había hecho; él también se golpeó el pecho: “Volveré a mi padre y [le diré]: padre, he pecado”. Humillación (cf. Lc 15,17-19). Nos recuerda a ese otro hombre, el mendigo Lázaro, a la puerta del rico, que vivió su miseria ante la presunción de ese señor (cf. Lc 16,20-21). Siempre esta combinación de personas en el Evangelio.

En este caso, el Señor nos enseña cómo rezar, cómo acercarnos, cómo debemos acercarnos  al Señor: con humildad. Hay una hermosa imagen en el himno litúrgico de la fiesta de san Juan Bautista. Dice que el pueblo iba al Jordán para recibir el bautismo, “alma y pies desnudos”: rezar con el alma desnuda, sin maquillaje, sin disfrazarse con sus propias virtudes. Él, lo leemos al principio de la misa, perdona todos los pecados, pero necesita que le muestre mis pecados, con mi desnudez. Rezar así, desnudos, con el corazón desnudo, sin tapujos, sin siquiera tener confianza en lo que he aprendido sobre la manera de rezar... Rezar, tú y yo, cara a cara, el alma desnuda. Esto es lo que el Señor nos enseña. En cambio, cuando vamos al Señor un poco demasiado seguros de nosotros mismos, caemos en la presunción de este [fariseo] o del hijo mayor o de ese hombre rico a quien no le faltaba nada. Tendremos nuestra confianza en otra parte. “Yo voy al encuentro del Señor..., quiero ir allí, para ser educado... y le hablo de tú, prácticamente...”. Este no es el camino. El camino es rebajarse. Rebajarse. El camino es la realidad. Y el único hombre aquí, en esta parábola, que entendió la realidad, fue el publicano: “Tú eres Dios y yo soy un pecador”.  Esa es la realidad. Pero digo que soy un pecador no con la  boca: con el corazón. Sentirse pecador.

No olvidemos lo que el Señor nos enseña: justificarse es soberbia, es un orgullo, es exaltarse a sí mismo. Es disfrazarse de lo que no soy. Y las miserias permanecen dentro. El fariseo se justificaba a sí mismo. Es necesario confesar los pecados directamente, sin justificarlos, sin decir: “Pero, no, yo hice esto, pero no fue culpa mía...”. El alma desnuda. El alma desnuda.

Que el Señor nos enseñe a entender esto, esta actitud para comenzar la oración. Cuando empecemos a rezar con nuestras justificaciones, con nuestras certezas, no será una oración: será hablar con el espejo. En cambio, cuando empezamos la oración con la verdadera realidad —“soy un pecador, soy un pecadora”— es un buen paso adelante para dejarnos mirar por el Señor. Que Jesús nos enseñe esto.

 



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